jueves, 26 de noviembre de 2009
Mariantónia .
Ya no iba a tener en cuenta los engranajes mecánicos de su corazón, ni el tacto de las paredes, ni tampoco el color de las gafas que llevaba. Eso se había dicho, mientras se fumaba algún cigarro, sentada en la esquina preferida de su piso. Pero sólo era eso, lo que se había dicho. El gato rondaba por las paredes del piso, se acercaba y le rozaba las piernas. Ella recordaba el resto de lo que había sido su canción preferida, o alguna melodía a lo lejos, en algún café parisino. Las cucharas seguían limpiándose solas y Claro de luna sonaba siempre, a la misma hora. Las calles de su ciudad olían igual, y los rostros de la gente también. Leer o ver al gato escapar por la ventana. A veces se preguntaba por qué ella no podía escapar. Pero luego pensaba en las baguettes, en los cafés de Paris, en el gato, en el cielo de allí y no, no quería escapar. El cigarro ya se había acabado, y estaba demasiado ocupada en soñar como para levantarse a por otro
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